Muro porteño

Sólo una vez en toda mi vida porteña crucé uno de los puentes debajo de los cuales se aprisiona al Río de la Plata en lujosas cajitas de regalo, los diques de Puerto Madero. Esos puentes, que hacen las veces de cintas suntuosas que envuelven los estuches donde se guardan las perlas del Plata que por la noche la ciudad viste para verse elegante frente ante la presencia de sus distinguidos visitantes. Las circunstancias que me llevaron a atravesar este puente tienen poco de glamoroso: fui a visitar a una persona la cual tenía un local ubicado frente al Hotel Faena y que quizá podría darme trabajo, persona a quien en vano intenté engañar acerca de que no necesitaba desesperadamente el dinero que podría cobrarle, en vano intenté vestirme parecido a él, en vano me bajé en Belgrano y Paseo Colón evitando pisar los pantanos de barro de las veredas desvencijadas, en fin, no logré engañarlo ni por un instante, pero eso no es lo importante ya que tampoco conseguí el trabajo. Lo que verdaderamente me impresionó fue la sensación de atravesar un puente, el Azucena Villaflor, que me llevó de un instante a otro a una ciudad otra, a otro país. Puedo jurar que hay algún manto invisible e infranqueable al sonido porteño ubicado sobre el puente Azucena Villaflor. […] Seguir Leyendo…

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Las criaturas del fuelle

(Publicado originalmente en la Sudestada Nº 98 en 2011)

A las orillas de una calle inundada por el sonido del bandoneón del dos por cuatro y de cardúmenes de oficinistas y turistas extranjeros, la melancolía de dónde estaba Dios cuando te fuiste es reemplazada por un dolor más actual, más crudo, sin zapatos de charol: con suerte con alguna zapatilla lamentable. Las criaturas del fuelle no tocan el bandoneón y tienen tan poco de porteño como las grandes marcas que engarzaron en esa misma calle sus locales, frente a los cuales las criaturas surgen sucias y con los ojos fijos en un horizonte que se les aleja más rápido que a los demás. A ningún turista europeo le llama la atención estos lamentos de fuelle desvencijado sobre el que las pequeñas y hábiles manitos rumanas hacen presión y malabares con los dedos.

Este lamento presente no tiene para los cardúmenes de a pie el atractivo de la melancolía de la Vieja ni del berretín que no pudo ser, el llanto que los nenes y nenas le exprimen a su acordeón es de un dolor de hoy, del desarraigo que tienen apuñalado, de la panza vacía que les duele, de la mugre que los cubre, de los ojos que los esquivan o la indiferencia que los atraviesa camino hacia un horizonte imaginario creado por un montículo de ideas inconclusas y preocupaciones superfluas que se amontonan y se derrumban en segundos. […] Seguir Leyendo…

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La mujer de la máquina

A unas casas de mi casa vive una mujer colosal. Nunca en mi vida la he visto sino a través de la ventana de metro y medio por metro y medio por la que se puede ver la mínima habitación en donde ella existe. Claro que la discreción –o quizá la potencia de su imagen– no me permiten más que verla al pasar durante unos segundos cuando vuelvo del kiosco en donde compro los cigarrillos. Fueron pocas veces las que pude ver esa habitación despejada distinguiendo claramente los elementos que la componen –siempre que esto ha sucedido ella no estaba allí. Una computadora que se resiste a quedar obsoleta, una máquina de coser, una silla, algún cuadro, una mesita, algo así como un pequeño placard y una cuna que se me antoja excesivamente grande para un ambiente de tan modestas dimensiones. Esta naturaleza muerta es, claro está, de lo menos habitual. Lo que suele ocurrir es que al levantar la vista al pasar frente a ese muro corroído por lo real de la realidad y que deja pasar a través de él un mundo misterioso, titánico, fantástico, se ven montañas y montañas de tela, que supongo prendas de vestir inconclusas. El cuadro es escalofriante […] Seguir Leyendo…

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