XIII

Le pedí a Heracles, por creerlo el único capaz, que limpiara mi corazón. Él accedió. Se dispuso a hacerlo con un antiguo método que le era familiar: intentó desviar el cauce inexorable de mis lágrimas de vergüenza; pero no lo logró.

Más tarde, agotado, vino a verme y me dijo: «He fracasado. He fracasado por dos razones: en primer lugar, me fue imposible desviar el cauce torrentoso de tus lágrimas de vergüenza. La otra es que tu corazón está obscenamente limpio, y ésa es la causa de tus lágrimas».

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