Muro porteño

Sólo una vez en toda mi vida porteña crucé uno de los puentes debajo de los cuales se aprisiona al Río de la Plata en lujosas cajitas de regalo, los diques de Puerto Madero. Esos puentes, que hacen las veces de cintas suntuosas que envuelven los estuches donde se guardan las perlas del Plata que por la noche la ciudad viste para verse elegante frente ante la presencia de sus distinguidos visitantes. Las circunstancias que me llevaron a atravesar este puente tienen poco de glamoroso: fui a visitar a una persona la cual tenía un local ubicado frente al Hotel Faena y que quizá podría darme trabajo, persona a quien en vano intenté engañar acerca de que no necesitaba desesperadamente el dinero que podría cobrarle, en vano intenté vestirme parecido a él, en vano me bajé en Belgrano y Paseo Colón evitando pisar los pantanos de barro de las veredas desvencijadas, en fin, no logré engañarlo ni por un instante, pero eso no es lo importante ya que tampoco conseguí el trabajo. Lo que verdaderamente me impresionó fue la sensación de atravesar un puente, el Azucena Villaflor, que me llevó de un instante a otro a una ciudad otra, a otro país. Puedo jurar que hay algún manto invisible e infranqueable al sonido porteño ubicado sobre el puente Azucena Villaflor.

Al bajar del colectivo en Paseo Colón cerca del mediodía fue evidente el gran aumento de sonido proveniente de la cercanía de los engranajes del motor porteño y el creciente resonar del tránsito peatonal y vehicular: yo me había subido al colectivo en un barrio periférico de la ciudad y me bajé en su epicentro: era de esperar que los ronroneos devengan rugidos, estoy acostumbrado a eso. Paso por el control de prefectura, aminoro el paso sin proponérmelo y comienzo a mirar lo lindo que está Puerto Madero, sus monoblocks, que ni revoque tienen, pero que sé elegantes. Mientras estoy cruzando el puente veo a un tipo cruzándolo por debajo, transversalmente, en un kayak o una piragua (no sé ni me interesa averiguar cuál es la diferencia) y no puedo dejar de preguntarme cómo es que alguien hace semejante cosa: él parece feliz y yo estoy estupefacto. Puede parecer una exageración, pero a mí, que estoy yendo a tratar de salvar el mes a través de un engaño inútil, ver a un tipo remando solo con tal naturalidad me resulta imposible de creer. Sin embargo, rápidamente decido creérmelo y quitarme de encima cualquier sesgo de sorpresa ante el inesperado navegante, esto, claro está, para reforzar espiritualmente el engaño que pergeño en el tiempo que me queda antes de la hora acordada: aquí la gente viaja en kayak.

Al terminar de cruzar el puente el sonido porteño se apagó, se apagó completamente: no hay ruido de colectivos, no hay pasos frenéticos para alcanzar el puesto de venta donde los oficinistas compran sus almuerzos… En verdad no hay ruido en absoluto: al mediodía de un día hábil y a algunas cuadras del microcentro yo escucho mis propios pasos y nada más. Levantando un poco la vista se pueden ver varias torres en construcción, las cuales, por cierto, tampoco hacen ruido. Yo necesito encontrar un baño, pero sólo hay edificios que ocupaban manzanas enteras y plazas vírgenes. Pienso en esperar hasta la reunión, pero he llegado demasiado temprano. La total ausencia de seres humanos dificulta aún más mi situación. Al doblar en alguna esquina veo un grupo de obreros de la construcción levantando una torre imponente. Me acerco a uno de ellos.

–    Disculpe, maestro. ¿Acá hay baños, bares, kioscos… hay algo?

–    No –me dice sonriente– mirá, si querés, metete acá atrás del camión o andá a esa plaza. ¿La ves?

Me tienta –hay que admitirlo– la idea de mearles –a ellos, aunque no sé a quiénes– ese mundo impoluto, ascético hasta el asco, pero en un silencio tan abrumador supongo que seré descubierto, aunque no estoy seguro de si alguien existe en este sitio como para descubrirme. Sea como sea, le doy las gracias y sigo camino. Al llegar al punto de encuentro, miro hacia enfrente, a los dos guardias de seguridad del Faena, mucho mejor vestidos que yo, y doy por fracasado mi intento de ocultar mi distancia financiera de la de la persona dueña del lugar al que he llegado. Todo está tan calmo que golpeo el vidrio de la puerta con una fuerza comparable a la que usamos todos cuando queremos asegurarnos si hay algo o más bien nada frente a nosotros. El sonido resultante me parece suficiente. Espero un rato, insisto y nada. Harto de esperar en la puerta, y creyendo que, si me ven esperando, mi estrategia de ocultamiento se hundiría al primer cañonazo, decido ir a una plaza virgen que vi durante las pocas cuadras que caminé al otro lado del mundo.
Cuadras de 300 o 400 metros, plazas enormes, vírgenes –con el himen intacto: cintas de seguridad que advertían que no han sido ni deberán ser profanadas. Lo primero que me afecta intensamente es la toma de conciencia de lo riguroso del silencio, de la total cerrazón. Ya estando realmente dentro de este hipercubo porteño donde la cuarta dimensión no es el tiempo sino el silencio –al menos el silencio, aunque más no sea como ausencia de sonido, tiene entidad, es teóricamente perceptible: nunca llegué a percibir el tiempo en la hora y media o quince segundos que estuve en este lugar tan extraño–  noto el diseño de los bancos de plaza y los cestos de basura: no había lugar a dudas, de alguna manera estoy en alguna pequeña ciudad alemana o suiza, tales cestos no pueden existir en Buenos Aires. ¿Y esos bancos de plaza? Claramente el puente me trasladó a otro sitio muy otro.

Muchos bancos de plaza germana aparecieron frente a mí, son incontables –creo que son infinitos–, parecen batallones prusianos vestidos de gala prestos a comenzar la marcha frente a los ojos atentos del Canciller de Hierro. Elijo uno cualquiera para sentarme y la tranquilidad de esta Buenos Aires Otra comienza a agradarme; la multitud de pájaros logra un concierto bellísimo: escucho pájaros cercanos y muy lejanos al mismo tiempo: verdaderamente una polifonía aviar; exceptuando, claro, al zorzal, que no podría cantar ahí porque esa no es su ciudad ni le pertenece a ninguno de los tres países en los que nació: está tan cerca del río como lejos del Plata: quizá esos diques contengan agua del Rin. Vaya uno a saber.

Pasado un tiempo –el cual sé que ha transcurrido porque el cigarrillo que había encendido se terminó– dos mujeres se sientan a dos o tres bancos de donde yo estoy. Salieron a almorzar de alguna oficina, de eso sí puedo estar seguro. Las miro como tratando de descifrar el nombre de Dios o al menos como para saber qué están comiendo: una de ellas enciende un cigarrillo y la otra come un sánguche del que sólo se ve el pan y la lechuga: sé que es lechuga primero porque es verde y segundo por cómo cruje: ellas casi no pronuncian palabra y a casi 40 metros de distancia se puede oír el resquebrajamiento de las hojas aprisionadas por el pan. Dejo de mirarlas, tampoco hace falta ya que puedo oírlas con total claridad, y enciendo otro cigarrillo. Pasa un auto frente a mí, creo que es un Mini Cuper, el cual no emitía sonido alguno.

Todo esto puede parecer exagerado y yo soy el primero en admitirlo, y digo más: es imposible: no es posible que en cuadras a la redonda –entre las que hay varias obras en construcción– no se oiga el más mínimo ruido, ni un perro que ladre, nada. Creyendo que ya sería el momento del encuentro camino nuevamente hacia el punto de reunión. Esta vez me abren la puerta. El lugar era como cualquier otro, mucho más lujoso, pero sólo eso. Al terminar la reunión acelero el paso en dirección al puente que es la salida de este mundo, casi huyendo, pero sin miedo, sólo algo confundido y ansioso por saber si el mundo al otro lado del puente todavía existe. Veo el puente aunque aún no oigo nada, nada más que mis pasos repetidos como un eco. Antes de cruzar me detengo en seco frente a un ancla bastante más grande que yo, la miro por unos segundos, leo la placa que tiene en su base “En homenaje a los trabajadores detenidos desaparecidos del Puerto de Buenos Aires”. No había visto este enorme monumento cuando pasé por este mismo lugar la primera vez, jamás hubiera esperado tal cosa en este sitio, me quedo frente a él por no sé cuánto tiempo, levanto la vista y me adentro en el sonido maquinal de Buenos Aires al paso siguiente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s