Las criaturas del fuelle

(Publicado originalmente en la Sudestada Nº 98 en 2011)

A las orillas de una calle inundada por el sonido del bandoneón del dos por cuatro y de cardúmenes de oficinistas y turistas extranjeros, la melancolía de dónde estaba Dios cuando te fuiste es reemplazada por un dolor más actual, más crudo, sin zapatos de charol: con suerte con alguna zapatilla lamentable. Las criaturas del fuelle no tocan el bandoneón y tienen tan poco de porteño como las grandes marcas que engarzaron en esa misma calle sus locales, frente a los cuales las criaturas surgen sucias y con los ojos fijos en un horizonte que se les aleja más rápido que a los demás. A ningún turista europeo le llama la atención estos lamentos de fuelle desvencijado sobre el que las pequeñas y hábiles manitos rumanas hacen presión y malabares con los dedos.

Este lamento presente no tiene para los cardúmenes de a pie el atractivo de la melancolía de la Vieja ni del berretín que no pudo ser, el llanto que los nenes y nenas le exprimen a su acordeón es de un dolor de hoy, del desarraigo que tienen apuñalado, de la panza vacía que les duele, de la mugre que los cubre, de los ojos que los esquivan o la indiferencia que los atraviesa camino hacia un horizonte imaginario creado por un montículo de ideas inconclusas y preocupaciones superfluas que se amontonan y se derrumban en segundos.

Los carteles mal escritos, los ojos llenos que miran al vacío, la repetición mecánica de melodías típicas son el decorado de menguantes autómatas nacidos niños en otras latitudes. Algunos carteles explican que los pequeños músicos son refugiados, que sus padres están enfermos o que pasan penurias de todo tipo mientras que el saber popular de los taxistas, porteros, gerentes y comerciantes lo niegan: son gitanos. ¿Qué quiere decir que sean gitanos? Que pertenecen a una cultura rica en años  y geografías, podría ser una respuesta bastante estúpida porque más que gitanos parecen nenes y nenas tan lindos como sucios, tan rítmicos como tristes. ¿Qué importa si son refugiados, si escapan de una guerra, si son expulsados por el racismo institucional europeo? Parecen cajitas de música fabricadas de carne y huesos, no pronuncian una palabra, dejan que el fuelle suspire por ellos.

Yuri y Svetlana son hermanos y mientras uno intenta vender alguna chuchería la otra ejecuta maravillosamente el acordeón. Luego se turnan sin que los paseantes noten la más mínima diferencia: son dos manchas fantasmáticas que se mueven frentes a los miles de ojos, son cambios rítmicos que nadie escucha, son una mínima riña que se desata cuando desde el banquito de madera Svetlana le grita a Yuri que es su turno o cuando éste persigue a su hermana para colgarle el acordeón, es que jugar a esquivar obstáculos o ser el vendedor del día es mucho más divertido y puede acarrear alguna recompensa en forma de golosina, algo que la repetición absurda de las mismas canciones, que digitan ya con infinita destreza, difícilmente conlleve. La pelea es por ser cajitas musicales por el menor tiempo posible, por deshacer la maldición que se posa sobre uno de ellos cuando se sienta en el banquito de madera –o sobre ambos y al mismo tiempo,  si se comprende su verdadero sentido. Día a día se entrenan en el arte de la digitación y de la astucia, inventan nuevas tácticas para convencer a su hermano de que le sostenga el mundo sólo por un momento mientras Yuri o Svetlana, quien no haya sido el engrupido por otarios ese día, huye con las manzanas de oro, a corretear por entre la muchedumbre.

En un barrio periférico de la ciudad hay otra criatura del fuelle. Es un homeless llamado Diego, con la voz chillona y las palabras indescifrables, nunca pide limosna, cigarrillos o habla con los transeúntes: sólo quiere que le den una botellita de Coca Cola y una caja de fósforos. Es siempre lo mismo: Coca y fósforos: jamás cambia su mínima lista de peticiones. Un kiosquero me cuenta que no tiene idea por qué siempre pide Coca Cola pero sabe el secreto de los fósforos. Diego está constantemente cubierto de hollín, siempre. El pelo negro y endurecido tiene el mismo tinte que su piel, parece una sombra adicta a la Coca Cola al punto que hubiera adoptado su color, casi con intención de camuflar el líquido gaseoso. Los fósforos los usa como tintura, para lograr ese aspecto de nene victoriano pobre limpiador de chimeneas que fuelles afortunados atizarán en las gélidas noches del Imperio. El limpiador de chimeneas crecido y emigrado en tiempo y espacio encuentra en el hollín la protección contra el mal. Me quedo un momento en silencio esperando la culminación de la historia pero no: ya está: se ve que el kiosquero se da aires de oráculo o no tiene la menor idea de por qué Diego se pinta con fósforos apagados y con restos de fuegos bajo la autopista que esos mismos fósforos han encendido.

Lo cierto, o al menos lo que he logrado entender combinando lo menos caprichosamente posible que he podido las historias que me contaron acerca del color ébano de Diego, es que le da cierta seguridad: la comunión ritual con el fuego lo trasporta a un sitio de desdichada seguridad, que es a la única que puede aspirar. Deja para sus eventuales compañeros de noche el más requerido desperdicio del fuego, el calor, mientras él pueda ver cómo, poco a poco, de las entrañas de luz que se retuercen en agonía surja al fin la pátina que no haya logrado escapar por el aire que un fuelle improvisado inyectó durante la noche. En ese magma atezado hundirá sus dedos y se untará el cuerpo entero, de vuelta a la trémula certidumbre de quien aún tiene algo que perder.

Nenes sin voz y adultos con voz de niños, el hollín de los escapes de los autos del microcentro y el remanente de una chimenea de otros tiempos y otros lares; invisibles, inaudibles, incómodos no obstante a todos los sentidos. En el barrio de la periferia Diego es despachado rápidamente, una gaseosa cola de segunda o tercera marca y una cajita de fósforos sirven para ahuyentarlo antes de que él ahuyente a los clientes, hasta se le puede dar Coca de verdad porque a fin de cuentas es simpático y no hace nada. Pero es que Diego está solo. Las criaturas del fuelle de Florida son muchas, son Legión, son ellos, o mejor, ésos. Entonces, La Rebelión de la Joyas no tarda en llegar, el peligro se les impregna como el hollín de los caños de escape, alguien escupe el alerta y a ellos los marca, una enorme cicatriz que se ve a la legua sobre la cara aún invisible. Los nenes y nenas opacan el brillo de la Perla del Plata, embarran el pentagrama que ejecuta Troilo desde el más allá y echan maldiciones sobre el destino de los infortunados Hombres y Mujeres de Bien, de Familia y de Trabajo. Debe Diego, desde su lóbrega memoria de limpiador de chimeneas victorianas, palpar el recuerdo de cuando él era ellos, ésos, y el hollín se le quitaba más fácilmente que el peligro que le impregnaban la alarma y el asco de La Rebelión de las Joyas de los súbditos de la Reina Victoria.

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