La mujer de la máquina

A unas casas de mi casa vive una mujer colosal. Nunca en mi vida la he visto sino a través de la ventana de metro y medio por metro y medio por la que se puede ver la mínima habitación en donde ella existe. Claro que la discreción –o quizá la potencia de su imagen– no me permiten más que verla al pasar durante unos segundos cuando vuelvo del kiosco en donde compro los cigarrillos. Fueron pocas veces las que pude ver esa habitación despejada distinguiendo claramente los elementos que la componen –siempre que esto ha sucedido ella no estaba allí. Una computadora que se resiste a quedar obsoleta, una máquina de coser, una silla, algún cuadro, una mesita, algo así como un pequeño placard y una cuna que se me antoja excesivamente grande para un ambiente de tan modestas dimensiones. Esta naturaleza muerta es, claro está, de lo menos habitual. Lo que suele ocurrir es que al levantar la vista al pasar frente a ese muro corroído por lo real de la realidad y que deja pasar a través de él un mundo misterioso, titánico, fantástico, se ven montañas y montañas de tela, que supongo prendas de vestir inconclusas. El cuadro es escalofriante, en el sentido estricto de la palabra: todo el ambiente padece las consecuencias de un alud textil que ha tapado todos y cada uno de los muebles, los cuadros; es ahora un cuarto ínfimo de paredes de tela al borde del derrumbe. Entre la maleza de pantalones y camisetas puede verse a esa mujer colosal comprimida a un volumen subhumano, una compresión tal que no puede más que absorber toda mi atención, una total condensación de una esencia extraordinaria que se mueve a través de un pasillito dinamitado para que ella pueda lograr esa omnipresencia que le permite estar siempre en su máquina de coser completando las prendas pendientes, en su computadora tratando de no resignarse a olvidar que cuando diseñe su propia ropa podrá vivir de otra manera y en la cuna de su bebé cuidando amorosamente de él.
¿Cómo puede con eso? ¿Cómo no le grita a su hijo –quien debe estar balbuceando sus primeras palabras– “¿no ves lo que hago para darte de comer?”?  ¿Cómo puede mirarlo con esos ojos brillantes de amor solidario, de compañerismo y de responsabilidad? Si una de esas montañas de ropa cayera sobre el infante, sería imposible rescatarlo a tiempo, y no puedo admitir que alguien se atreva a juzgarla adversamente por ello. Pero eso no ocurre, yo creo que podría ocurrirle a cualquier persona en el mundo excepto a ella. ¿Cómo puede soportar extenuantes jornadas de trabajo y aún tener prendida la computadora lista a plasmar en ella algún diseño que se le cruce por la cabeza tras horas y horas de oír el constante repiqueteo de la aguja mecánica? ¿Cómo admite trabajar sin descanso y verse obligada a disminuir su pequeñísima habitación de tres por tres a un cubículo de algodón y poliéster de un metro cuadrado? ¿Cómo puede ella, que es vida y crea vida, un ser supremo, permanecer en el infame vientre del sistema? Pero más que nada me pregunto cómo es que cabe allí todo su espíritu.
Una mujer sola e indestructible, una trabajadora esclavizada, una madre amorosa, un espíritu creativo y esperanzado, eso es, lo que no es, ella, es una máquina, eso no es. El repiqueteo constante como una tortura china que podría quebrarla, la monotonía escabrosa de un habitáculo abyecto, la infinitud de las prendas pendientes no la opaca ni por un instante, puntada tras puntada siento que se va adosando a esas ignominiosas pirámides que deben evitar la lavandina y en las que sobre sus cúspides aún se practican sacrificios humanos, siento que llegará el punto final en que no se distinga la ropa de la máquina ni de la mujer. Pero eso es lo que siento yo, que soy ridículamente débil a su lado. Puntada tras puntada ella apuñala a un destino desventurado o a un mundo simplemente injusto al que podrá darle la puñalada final. Eso espero, al menos, ya que si ella no puede, no sé quién podrá. O quizá me esté cosiendo a ella, con hilos irrompibles, a mí y a todo el que pase por esa ventana irresistible en que el tiempo se detiene o se apantana al contemplarla en silencio mientras ella apresura la marcha y oprime a fondo el pedal porque el tiempo infinito de quienes la vemos nunca se detiene dentro de la habitación: hay entregas pendientes, leche que comprar, sueños en espera y aún muchas puñaladas por dar.

Anuncios

Una respuesta a “La mujer de la máquina

  1. Realmente es una historia que llevo mi imaginación de la mano por su relato e hizo que viera y sintiera a través de los ojos y el alma del escritor. ME ENCANTO!!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s